Los gritos de Camsuq resonaron estruendosamente en el silente palacio. Uno de los soldados que lo acompañaba pegó contra el cuello de Desz una espada de madera y lo obligó a ir contra el muro. Igual que la araña gigante, ellos habían entrado al palacio por sus puertas abiertas, sin que nadie se opusiera. Cualquiera podía entrar en un palacio vacío.
—¡¿Cómo osaste dejar huir a los Dumas?! ¡Has cavado nuestras tumbas, bestia miserable! —bramó Camsuq, avanzando contra la criatura espada en mano.