Por la tarde, Lis descansaba en uno de los asientos que había en el patio frontal. Se había dormido de tanto pensar. Desz la observaba a la distancia. El sereno latir de su corazón era una melodía que serenaba al suyo también, como la suave brisa que envolvía a las espigas en los campos de trigo, ondeando hasta desvanecerse, así se agitaba también su ánimo, así le hormigueaba la piel al verla.
Un cosquilleo en el cuello hizo a Lis fruncir el ceño. Iba a darse una palmada, pero Desz le aferró la