20. El sabotaje
El hospital era un laberinto de pasillos blancos y luces frías. Antonia, vestida con un uniforme de enfermera que había robado del vestuario de personal, caminaba con paso firme.
Al entrar en el laboratorio de fertilidad, sus manos, protegidas por guantes de látex, temblaban ligeramente, pero no por miedo, sino por pura adrenalina.
—¿Así que quieres un heredero, Marcel? —susurró para sí misma, mientras buscaba el contenedor etiquetado con el nombre de Giselle—. Pues tendrás que conformarte con