En el centro del salón, Xavier alzó su copa y aclaró la garganta. El murmullo cesó al instante. No necesitaba alzar la voz para imponerse; su sola presencia bastaba. Todos lo respetaban. Era el rey de la mafia, y nadie osaba desafiarlo.
Uno a uno, los presentes se acercaron, formando un círculo silencioso a su alrededor. Él esbozó una leve sonrisa, apenas un gesto.
—Gracias, amigos, por acompañarme esta noche —dijo, con voz serena pero firme. Las cabezas se inclinaron en señal de respeto, y más