Con paso firme, Elizabeth entró al bar junto a La Pluma. Xavier, en su oficina, los vio a través de las cámaras de seguridad y frunció el ceño. Se levantó de inmediato, extrañado, y salió al salón principal.
Por un instante, sintió un fugaz latido de celos, pero al reconocer al hombre a su lado —el mismo luchador que Elizabeth había ayudado tiempo atrás— su expresión cambió a una un tanto sombría y desconfiada.
—¡Xavier! —lo saludó Elizabeth con un beso ligero en la mejilla.
—Cariño, pensé que