La visita de la diseñadora había sido agradable, pero Elizabeth no podía evitar sentirse invadida por una cierta melancolía. Xavier la había hecho darse cuenta de algo: estaba sola en el mundo. Aunque tenía a sus hijos, no había nadie más, aparte de él, que se preocupara sinceramente por ella. Y aunque sonara extraño, esa verdad la golpeaba con fuerza.
A la mañana siguiente, se vistió de manera distinta. Llevaba ropa oscura y el cabello recogido en una cola. Al llegar al comedor, los niños y Xav