Elizabeth, al ver al hombre tendido en el suelo, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y corrió hacia la puerta, desesperada por huir. Pero no tuvo oportunidad. Los otros dos reaccionaron de inmediato, la alcanzaron y la arrojaron al suelo con brutalidad.
—Eres una perra sucia… ahora sí vas a conocerme —escupió uno de ellos mientras le arrancaba la ropa con violencia.
—¿A dónde crees que vas? —gruñó el otro, tirándola del cabello para luego soltarle un golpe seco en la sien.
Elizabeth se ret