Altagracia respiró agitada, completamente incrédula por lo que escuchaba.
—Eso no es cierto, ¿cómo que jefa? —le preguntó al mesero, y él no dejaba de apuntarles con el arma.
—Así como lo está escuchando, ella es la dueña y señora de este lugar. Le exijo respeto. —el hombre estuvo a punto de apretar el gatillo, y Elizabeth, con total tranquilidad, levantó la mano y movió la cabeza.
—Tranquilo, Enzo. Baja el arma, que yo puedo resolverlo sola.
Ramiro estaba todavía más confundido con lo que d