Elizabeth se cruzó de brazos, casi indiferente al ver a Altagracia salir corriendo. Aunque siempre había rechazado la violencia, estaba en una etapa de su vida en la que, si alguien parecía merecer un castigo, ¿quién era ella para oponerse?
—Xavier, ¿no crees que tu mensaje fue un poco extremo? —preguntó, llevándose la copa a los labios una vez más.
—Extremo fue que él se atreviera a tocarte —replicó Xavier con frialdad—. Nadie puede poner un dedo sobre ti, Elizabeth. No sin estar consciente de