Xavier no era de esos hombres que se inquietaban con facilidad. Siempre tenía el control, incluso en situaciones extremas. Un ataque como el de la discoteca le parecía demasiado absurdo para el tipo de amenazas a las que estaba acostumbrado. Sin embargo, desde que los niños llegaron a su vida, algo en su interior había cambiado. Sentía una presión constante en el pecho, una necesidad urgente de mantenerlos a salvo.
—¿Seguro estás bien? —preguntó Elizabeth mientras regresaban a la mansión—. ¿Te