Elizabeth apretó los puños, observándolo con desprecio, estaba agotada de sus constantes amenazas, que ya no le importaba desafiarlo. Xavier, inconsciente de su mirada, tocó su herida con la mano y frunció ligeramente el ceño.
—¡Espero que se te pudra esa herida! —exclamó ella con desdén mientras se acercaba a la sala para tomar de nuevo el libro.
—Elizabeth, ¡maldita sea! Deja de hablarme así.
Ella se giró, furiosa, y lo miró directamente a los ojos. Xavier sostuvo su mirada, con una expresión