Mundo ficciónIniciar sesiónPara cuando terminé de cubrir el último rastro de Kaeldris, mi brazo derecho ya me ardía tanto que por momentos me costaba distinguir si lo que corría por mis dedos seguía siendo sangre o simplemente el dolor volviéndose costumbre.
Aun así no me detuve.
No podía.
No después de haber visto el estado en el que había quedado.
No después de saber que, si los gammas encontraban su olor, no llegaría vivos al amanecer.
Me apoyé unos segundos contra el tronco de un árbol mientras trataba de recuperar el aire, observando a la distancia el enorme cuerpo de Kaeldris, oculto entre raíces y rocas, tan inmóvil que por un instante una parte de mí tuvo que obligarse a recordar que seguía respirando.
—No me mires así —murmuré, aunque sabía perfectamente que seguía inconsciente—. Ya sé que cuando despiertes vas a odiarme por esto.
Dentro de mí, Ciri soltó un bufido.
—Odiarte no pero cuando despierte habrás herido algo mucho más delicado.
Apreté los labios.
—¿Su orgullo?
—Es un dragón.
Y sí, era consciente de ello.
Sabía perfectamente que ocultarlo como si fuera una presa herida en lugar de dejarlo luchar hasta el final iba a enfurecerlo de una manera que probablemente me reclamaría si es que realmente sobrevivía a sus heridas y nos volvíamos a ver, pero siendo honesta, con el estado en el que se encontraba, no es que hubiera podido hacer mucho para defenderse.
Tomé aire, ignorando el ardor de mi brazo, y me obligué a caminar lejos de el.
No habían pasado ni diez pasos cuando el primer gruñido me hizo detenerme.
No tardaron en aparecer entre los árboles.
Gammas, ocho de ellos.
Mis dedos se cerraron en automático, aunque sabía que pelear en aquel estado sería poco menos que suicida.
Aun así levanté la barbilla.
No iba a regalarles mi miedo.
Las ramas crujieron una vez más.
Y entonces apareció él.
Mi mandíbula se tensó al instante, no lo esperaba a el.
—¿Orion Fangmoon?
El lobo sonrió como si acabara de encontrar exactamente aquello que estaba buscando.
—Vaya… después de tantas décadas esperaba que hubieras envejecido. ¿Cómo es que te ves igual? Hueles a humana. ¿Sigues siendo?
Mi ceño se frunció.
—¿Décadas?
Cassiel ya me lo había dado a entender cuando nos encontramos entre aquella niebla, que el tiempo había pasado de forma distinta para los dos. ¿Acaso a eso se había referido Ary cuando dicho que para volver a ver a Cassiel para mi pasaría poco tiempo, pero para el mucho más?
—Ya llegaremos a esa parte.
Di un paso hacia él.
El movimiento hizo que mi brazo ardiera, pero me negué a mostrarlo.
—Fuiste tú.
Orion arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—El ataque a los dragones. ¡Casi mi matan!
Mi voz salió más fría de lo que esperaba, mientras Orion simplemente sacudió la cabeza.
—Eres la compañera de Cassiel Raventhorn… y ese bastardo está completamente loco. Créeme, nadie estaba intentando matarte a ti. Es más, muchos estamos agradecidos de que hayas regresado, de donde sea que hayas estado… porque, siendo honestos, todos creíamos que estabas muerta. Hace años que las mujeres de Etheria fueron obligadas a vestir de negro en señal de luto… en respeto a tu memoria.
Mi pecho se tensó.
—¿De qué estás hablando?
Orion me sostuvo la mirada durante varios segundos antes de responder.
—¿Cuánto tiempo crees que has estado fuera?
Fruncí el ceño.
—Cinco meses pero tu hablas de décadas eso es imposible.
Nadie respondió hasta que Orion finalmente dijo.
—Supongo que para ti lo es, pero, de seguro la simulación que proyecta este mundo se averió de nuevo y el tiempo ha comenzado a correr distinto entre el mundo original y este.
Mi garganta se secó.
—¿Qué significa eso?
Orion me observó con una mezcla extraña de lástima y resignación.
—Que el vampiro encargado de vigilar cómo funcionan las cosas en este mundo o no está haciendo su trabajo o no le importa. Han pasado cincuenta años, Lila.
Mi respiración empezó a volverse irregular.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Orion hizo una seña y uno de sus gammas dejó caer frente a mí un rollo de mapas y decretos.
No tuve que leer demasiado.
Bastó una mirada.
Los territorios que alguna vez fueron asignados a los humanos había sido reclamados por Cassiel.
Ciudades enteras bajo su dominio.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—¿Por los Dioses qué hizo?
Orion me miró sin apartar la vista.
—Lo que haría cualquier hombre que perdió la cabeza después de perderlo todo.
Sentí el estómago cerrarse.
—No…
—Los humanos ahora trabajan para las manadas, son esclavos.
Mi respiración tembló.
—No…
Sentí que mis piernas dejaban de responder.
—Basta…
Pero Orion no se detuvo.
—Y hace unos cuatro meses anunció que su luna volvería. La verdad es que al principio pensé que ahora si había tocado fondo o que las brujas habían hecho algo turbio para traerte de entre la muerte.
Mis ojos se clavaron en él.
—¿Qué?
Uno de los gammas abrió un cofre lleno de oro, joyas y piedras mágicas.
Orion tomó un pergamino y me lo lanzó.
Lo atrapé con manos temblorosas.
"Tráiganla con vida y si regresa acompañada, maten a cualquiera que camine o vuele a su lado."
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Cassiel…
Orion dio un paso hacia mí.
Su voz bajó.
—El alfa que conociste ya no existe.
Mis dedos temblaron.
—No…
—Ahora solo queda un psicópata consumido por sustancias prohibidas, magia negra y una obsesión que hace mucho dejó de parecer amor.
Los gammas me rodearon.
No con violencia.
No la necesitaban.
Porque mis piernas apenas podían sostenerme.
Y mientras me escoltaban entre los árboles y aldeas donde incluso a la distancia podía ver humanos con collares de hierro trabajando bajo la vigilancia de lobos finalmente lo vi.
Estaba claro que lo habían mandado llamar y que me estaba esperando.
Y aunque mi corazón reconoció al instante a mi amado Alfa.
Lo primero que entendí, fue que el hombre al que estaba a punto de enfrentar.
Ya no era el hombre que una vez me enseñó lo que significaba amar.







