Para cuando terminé de cubrir el último rastro de Kaeldris, mi brazo derecho ya me ardía tanto que por momentos me costaba distinguir si lo que corría por mis dedos seguía siendo sangre o simplemente el dolor volviéndose costumbre.
Aun así no me detuve.
No podía.
No después de haber visto el estado en el que había quedado.
No después de saber que, si los gammas encontraban su olor, no llegaría vivos al amanecer.
Me apoyé unos segundos contra el tronco de un árbol mientras trataba de recuperar e