Mundo ficciónIniciar sesión—Sí, Kaeldris. Soy yo. Mi dragona interior jamás se dignaría hablarle a tu dragón ni a ti, porque ni tu dragón ni tu son nuestro compañero.
Su ala rozó una corriente cercana y volamos lado a lado, demasiado rápido, demasiado bajo para que los otros dos nos alcanzaran con facilidad.
—Estás actuando como una niña caprichosa.
Una risa amarga escapó de mí, convertida en un gruñido que vibró entre mis colmillos.
—Qué curioso. Razar me llamó ingenua, tú me llamas caprichosa. Debí haber hecho una lista de todos los nombres que usan los hombres cuando una mujer no obedece.
—No entiendes lo que está en juego.
—Lo entiendo mejor de lo que crees.
—No, no lo haces. Porque sin importar que sea un alfa, Cassiel Raventhorn es solo un lobo.
El nombre de Cassiel encendió algo en mi pecho.
—Y aun así es el único que me ha amado sin convertirme en una estrategia.
Kaeldris rugió, frustrado.
—Eres una dragona de color negro, Lila. Puedes asegurar con tus crías el trono, la líneo de sangre de nuestro rey, puedes ser algo más que la compañera de un lobo.
—Todavía soy mortal y Razar no es mí rey.
—Eso es temporal.
—No para mí.
Él se acercó tanto que el viento entre nuestras alas se volvió inestable.
—Razar puede ayudarte. Yo puedo ayudarte.
—¿Convirtiéndome en una mujer de consuelo cuando ya no les sirva? ¿Cómo pensaban hacerlo con Maerys? ¿Como planeaban ayudar a mis hijos si nacían varones? ¿Como pensabas ayudarme tu enfrentándote a Cassiel frente a mí para obligar a Ciri a aceptarte?
Su silencio lo dijo todo.
—¿Qué tanto escuchaste? —preguntó al fin.
—Todo.
La palabra cayó entre nosotros como una piedra.
Kaeldris no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz ya no sonó furiosa, sino herida.
—Entonces también escuchaste que hice un trato con Razar para salvar a tus crías si alguna es macho.
—Escuché que decidiste que la esterilidad era una misericordia.
—Era eso o la muerte.
—No tenías derecho a elegir ninguna de las dos. ¡Son mis hijos no tuyos!
Los otros dragones aparecieron detrás, más cerca de lo que yo esperaba. Sus cuerpos cortaban las nubes con torpeza, pero estaban recuperando distancia. Por un instante sentí que todo estaba perdido, que mi intento de escapar había sido una tontería nacida del orgullo y no de la razón.
Kaeldris también los vio.
—Lila, basta. Un lobo jamás podrá vencer a un dragón.
No alcancé a responder.
El cielo se partió con un silbido monstruoso.
Una lanza colosal, disparada desde algún punto oculto entre las montañas, atravesó al dragón que venía más atrás. No fue una herida. Fue una sentencia. El metal entró por su pecho y salió por el lomo, arrastrándolo hacia abajo con una violencia que hizo temblar el aire.
El segundo dragón rugió, intentó elevarse, pero otra lanza lo alcanzó bajo el ala y lo lanzó contra una formación rocosa antes de que pudiera siquiera girar.
Kaeldris y yo nos detuvimos en el aire, horrorizados.
—Nos atacan —dijo él.
—No me digas.
—Mantente cerca de mí. Yo te protegeré.
Entonces vi la tercera lanza.
No iba hacia mí.
Iba hacia él.
Ciri reaccionó antes que mi miedo. Giré con toda la fuerza de mi cuerpo y golpeé la trayectoria del arma con la cola. El impacto me abrió las escamas, me arrancó un rugido de dolor y desvió apenas el arma, lo suficiente para que no atravesara el corazón de Kaeldris.
Pero el golpe me rompió el equilibrio.
Caí.
El cielo se convirtió en un torbellino de nubes, sangre y viento. Escuché a Kaeldris rugir mi nombre mientras descendía tras de mí, pero otra lanza lo alcanzó poco después y su rugido se quebró en una nota de dolor que me heló por completo.
Luego la tierra subió hacia mí.
Y todo se apagó.
Cuando abrí los ojos, no sabía si habían pasado minutos u horas.
El cuerpo me dolía de una forma profunda, pesada, como si cada hueso hubiera sido reemplazado por piedra. Intenté moverme y un quejido escapó de mi garganta. Ya no estaba en mi forma de dragona. Estaba tendida sobre tierra húmeda, con la ropa rota, la piel marcada y el sabor metálico de la sangre en la boca.
A mi lado, Kaeldris respiraba con dificultad.
Estaba vivo.
Gravemente herido, pero vivo.
Me arrastré hacia él como pude.
—Kaeldris…
Sus ojos se abrieron apenas.
—No… te muevas…
—Cállate —susurré, presionando una mano contra una herida que sangraba demasiado—. No pienso obedecerte ahora.
Él intentó sonreír, pero el dolor se lo impidió.
Entonces escuché voces.
Me quedé inmóvil.
—Los dos dragones que asesinamos ya fueron retirados del área —dijo un hombre en algún punto cercano—. Los otros dos no deben estar lejos. Los huelo.
Otra voz respondió, más baja, más tensa.
—Se supone que no debíamos atacar a la de color negro. Si está muerta, tendremos un problema.
Mi sangre se enfrió.
Kaeldris me miró.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi miedo real en sus ojos.







