Me parecido curioso que los varones, sin importar la especie, el reino o la forma de sus colmillos, tuvieran la absurda costumbre de creer que el mundo giraba alrededor de sus decisiones.
Los hombres humanos lo hacían con coronas prestadas, los lobos con instintos disfrazados de destino, los vampiros con siglos de paciencia convertida en arrogancia y los dragones, al parecer, con alas enormes y la certeza ridícula de que todo lo que podían alcanzar con sus garras les pertenecía.
Yo había escuch