Capítulo 46 POV Lila

Me parecido curioso que los varones, sin importar la especie, el reino o la forma de sus colmillos, tuvieran la absurda costumbre de creer que el mundo giraba alrededor de sus decisiones.

Los hombres humanos lo hacían con coronas prestadas, los lobos con instintos disfrazados de destino, los vampiros con siglos de paciencia convertida en arrogancia y los dragones, al parecer, con alas enormes y la certeza ridícula de que todo lo que podían alcanzar con sus garras les pertenecía.

Yo había escuchado cada palabra.

Cada condena que Razar había pronunciado sobre mis hijos como si fueran piezas de un tablero, cada mentira que había preparado para destruir a Maerys, cada frase de Kaeldris donde me llamaba suya con una convicción que me revolvía el estómago.

De Razar no me sorprendía nada. Era un rey encaprichado en sostener una corona que empezaba a pesarle demasiado, no muy distinto a Sebastián, solo que con escamas, fuego y una sonrisa más peligrosa.

Pero Kaeldris…

Kaeldris sí me dolió.

Por alguna razón estúpida, por alguna debilidad que todavía me avergonzaba reconocer, yo había pensado que éramos amigos.

Así que desperté en silencio, fingí confusión cuando ellos esperaban verme débil, mantuve la mirada fría cuando Kaeldris se acercó a mí como si tuviera derecho a preocuparse, y permití que ambos creyeran que seguía siendo esa criatura ingenua que podía ser guiada de regreso a Etheria con una mentira amable.

—Solo queremos asegurarnos de que llegues bien —me dijo Kaeldris aquella mañana, con una suavidad que habría parecido sincera si yo no lo hubiera escuchado aceptar el plan de desafiar a Cassiel frente a mí.

Lo miré sin parpadear.

—Qué considerados.

Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario, como si algo en mi voz le resultara extraño.

—Lila…

—Estoy cansada, Kaeldris. No confundas mis palabras con desconfianza.

No respondió.

Y tal vez fue mejor así, porque yo ya había tomado mis propias decisiones.

Esa misma noche, antes de que Razar ordenara la partida, logré encontrar a Maerys en uno de los corredores interiores. Estaba rígida, con los ojos bajos, todavía intentando parecer obediente ante un palacio que ya la había condenado sin que ella lo supiera.

—No me sigas —me dijo apenas me vio—. Si Kaeldris cree que intento acercarme a ti otra vez, me matará.

—No será él quien lo haga si te quedas aquí.

Maerys levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Le conté lo necesario. No adorné la verdad, no suavicé la crueldad, no intenté convencerla con lágrimas porque no tenía ninguna para ella en ese momento.

Al principio no me creyó.

—El rey jamás haría eso —susurró, aunque su propia voz tembló al decirlo.

—Ya dio la orden. Solo falta que me vaya a Etheria para que ejecuten él plan.

—¿Y por me adviertes? ¿No me odias?

Sonreí sin alegría.

—Porque no gano nada mintiéndote, Maerys. Y porque, aunque me hayas detestado desde el primer día, no te deseo ese destino.

Algo se rompió en su expresión. No gratitud, pero sí miedo. El suficiente para hacerla retroceder un paso y cubrirse la boca con una mano.

—Huye antes del amanecer —le dije—. No mires atrás.

—¿Y tú?

Ciri se movió dentro de mí, enorme y silenciosa, como una sombra de fuego negro abriendo los ojos.

—Yo también tengo un plan.

El día de partir llegó con un cielo demasiado limpio.

Razar nos despidió desde la terraza alta del palacio, satisfecho, arrogante, convencido de que había puesto las piezas en el lugar correcto. Kaeldris estaba a mi lado, ya transformado en un dragón, con escamas que reflejaban su color escarlata. Los otros dos dragones que nos escoltarían esperaban detrás, atentos, orgullosos y completamente seguros de que yo era la única criatura a la que debían vigilar.

Pobres idiotas.

Extendí mis alas.

Ciri no pidió permiso. Solo tomó el lugar que le correspondía y el cuerpo cambió conmigo hasta que el mundo se hizo más grande, más nítido, más brutal. Mis garras rasparon la piedra, mi cola se movió con lentitud detrás de mí y el aire entró en mis pulmones con una fuerza que no pertenecía del todo a una mujer mortal.

Kaeldris inclinó la cabeza hacia mí.

—Mantente cerca.

No contesté.

El velo se abrió frente a nosotros como una herida vertical en el aire. No era una puerta, no realmente. Era una grieta, una membrana de luz pálida y oscuridad líquida que parecía respirar. Al cruzarla, el mundo dejó de existir por un instante.

Sentí frío dentro de los huesos.

Luego calor bajo las escamas.

Después una presión insoportable en el pecho, como si mil manos invisibles intentaran separar mi alma de mi cuerpo para decidir a qué mundo pertenecía realmente. Las alas me pesaron. La vista se me llenó de destellos. Escuché un rugido lejano, quizá mío, quizá de Ciri, quizá del propio velo al cerrarse detrás de nosotros.

Cuando salimos al cielo de Etheria, los otros dragones perdieron altura.

Uno giró torpemente hacia la izquierda. El otro batió las alas con demasiada fuerza, desorientado por el cambio de aire, por el olor de un mundo que no conocía, por la magia que seguía adherida al borde del velo.

Yo también sentí el golpe.

Pero Etheria me reconoció.

Y yo reconocí su cielo.

—Ahora —susurró Ciri dentro de mí.

Incliné el ala derecha y me lancé hacia una corriente baja, alejándome de la ruta que debía llevarnos a Umbra Noctis.

El primer dragón tardó demasiado en reaccionar. El segundo intentó seguirme, pero lo obligué a corregir al cruzar entre dos columnas de nubes densas donde el viento se partía de forma irregular. Casi los perdí allí. Casi.

Pero Kaeldris no era tonto.

Su sombra cayó sobre mí antes de que pudiera celebrar.

—¿Qué estás haciendo? —su voz retumbó en mi mente.

Por un instante sentí que él buscaba algo dentro de mí, esperando encontrar a Ciri y que esta le contestara directamente.

—No le hables a mi dragona esperando que ella te responda.

Hubo un silencio brusco.

—¿Lila?

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