Mundo ficciónIniciar sesiónFruncí ligeramente el ceño.
Él siguió caminando.
—Entre dragones eso no importa. Los nacimientos son tan escasos al igual que las hembras como para juzgarlas por algo así además no es como si los machos no buscaran la oportunidad de aparearse cuando se les presenta la oportunidad.
Guardé silencio.
—Sin embargo, tan pronto encontró a su verdadero compañero ordenó que me enviaran a la academia militar.
Mis pasos se hicieron más lentos.
—¿Cuántos años tenías?
—Tres.
Sentí un nudo en el pecho.
Kaeldris sonrió con amargura.
Apreté los puños.
—¿Y te dejó simplemente ahí?
—Fue, lo más conveniente para ella.
Me detuve, él también lo hizo y cuando me miró, encontró algo en mi expresión que claramente no esperaba.
—Eso es repugnante.
Kaeldris parpadeó.
—Lila…
Negué con la cabeza.
—Abandonar a tu hijo por una pareja, que clase de madre hace algo así. Mis padres fueron muy buenos conmigo, en mi infancia solo Elena fue cruel conmigo pero, como era mi hermana me la pasaba justificándola.
Mi voz se endureció.
—Las personas que solo piensan en sí mismas, las desprecio.
La imagen de Elena cruzó mi mente.
Mi hermana, con sus mentiras, su egoísmo.
La forma en que nunca dudó en hacerme daño si eso significaba conseguir lo que quería.
Kaeldris me observó en completo silencio.
—¿Espera tienes una hermana? ¿Ella es como tú, son hijas de los mismos padres?
—Si, somos hijas de los mismos padres, pero no creo que su dragona haya despertado. Al menos estoy segura de que mis padres jamás se transformaron en dragones.
—¿Estas segura? — dijo intrigado.
—Creme, si lo hubieran hecho todos en Boca del rio se hubieran dado cuenta, en Etheria los dragones, son solo parte de las leyendas y mitos únicamente.
Después de eso volvimos a transformarnos para el último vuelo del día.
Y, cuando finalmente descendimos cerca del palacio, ambos recuperamos nuestra forma humana casi al mismo tiempo.
Caminamos unos pasos.
Hablando.
Más relajados, hasta que, de forma accidental, nuestras colas que aún no desaparecían por completo se rozaron.
Kaeldris se apartó de inmediato, como si lo que había pasado hubiera sido un crimen de su parte.
—Lila, cuanto lo siento, — su voz salió demasiado rápida. —No fue mi intención.
Lo miré, confundida.
—No pasa nada, no me molesto.
Él siguió observándome, asegurándose de que yo hablaba en serio.
—¿De verdad?
Sonreí apenas.
—De verdad.
Después de aquello y sin que yo lograra entender por qué a unos metros de distancia, Maerys, que tenía órdenes de esperarme y jamás perderme de vista, se apartó.
Discretamente, como si de pronto hubiera recordado algo urgente.
Dentro de mí, Ciri bufó, ofendida.
—No debiste aceptar sus disculpas, como se le ocurre tocarnos la cola, aunque fuera por accidente.
— Basta Ciri —le dije.
Mi dragona soltó un gruñido indignada.
Y entonces Kaeldris me miró fijamente.
Como si acabara de unir dos piezas que jamás había considerado que pudieran estar juntas.
Su expresión cambió apenas.
Algo en sus ojos se volvió más profundo.
Más pensativo.
Pero antes de que pudiera preguntar qué ocurría, él inclinó apenas la cabeza.
—Te veré esta noche, entonces.
Parpadeé.
No tuve oportunidad de responder porque él simplemente comenzó a caminar.
Durante unos segundos me quedé inmóvil, intentando entender a qué se refería.
Hasta que llegué a la conclusión más lógica.
Otra lección.
Tal vez un vuelo nocturno.
Después de todo, si los dragones aprendían de pequeños a dominar los cielos, tenía sentido que también aprendieran a hacerlo bajo las estrellas.
No dije nada mientras Kaeldris me escoltaba de regreso al palacio, aunque el trayecto fue extrañamente silencioso y cuando llegamos a mis aposentos, Maerys ya nos estaba esperando frente a la puerta.
Parecía demasiado nerviosa, Kaeldris ni siquiera se molestó en ocultar el ceño.
—Tu deber es permanecer junto a ella y esperar paciente mientras termina cada lección.
Maerys bajó la mirada de inmediato.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a alejarte sin autorización.
—Sí, comandante.
Entré a mis habitaciones antes de que notaran la pequeña sonrisa que escapó de mis labios.
Porque por más que Kaeldris intentara parecer severo, era bastante obvio que no le agradaba que Maerys estuviera lejos de él.
El resto del día transcurrió con una normalidad casi absurda o al menos, con la clase de normalidad que podía existir dentro de un palacio dirigido por un rey dragón.
Era agradable, demasiado agradable y quizá por eso tardé tanto en notarlo.
Maerys estaba nerviosa, evitaba mirarme directamente.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Maerys te encuentras bien?
Ella alzó la vista demasiado rápido.
—Claro, lady Lila.
Sonrió, pero no fue una sonrisa real.
Acepté la taza que me ofrecía y apenas el líquido rozó mis labios Ciri se tensó dentro de mí.
—Lila…
Mi pulso se aceleró.
—¿Qué ocurre?
Mi dragona guardó silencio durante unos segundos.
—Estoy sintiendo algo.
Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Qué cosa?
Ciri respiró profundamente.
—Es extraño.
Mi corazón comenzó a latir con más fuerza y entonces sus siguientes palabras hicieron que toda mi sangre ardiera.
—Es como si Fenrik me estuviera hablando.
Mi respiración se cortó.
—¡¿Qué?!
—Como si, estuviera haciendo algo para llegar a mí. Algo oscuro para llevarme junto a él.
Mis dedos se cerraron con fuerza sobre el borde de la mesa. ¿Él lobo de Cassiel podía hacer eso?
La emoción me atravesó con tanta fuerza que por un momento olvidé incluso dónde estaba.
Si Fenrik podía comunicarse con Ciri, entonces podíamos hacerle saber a Cassiel donde estábamos y si Cassiel finalmente descubría donde estábamos, vendría por mí.
Sin embargo, la emoción duró poco.
Porque, poco a poco, algo comenzó a sentirse mal.
Mi visión se volvió ligeramente borrosa.
Parpadeé varias veces.
—Lady Lila…
La voz de Maerys sonó demasiado lejos.
—¿Se encuentras bien?
Intenté responder.
Pero hasta levantar la cabeza comenzó a sentirse agotador.
Ciri gruñó dentro de mí.
—Algo no está bien.
Asentí apenas.
Todo mi cuerpo comenzaba a sentirse pesado.
Como si una niebla oscura comenzara a envolverme desde dentro.
Poco antes del anochecer, Maerys prácticamente me sostuvo del brazo.
—Debe descansar.
—Pero… Kaeldris…
Incluso hablar comenzaba a costarme. Maerys tragó saliva.
—Yo me encargaré de explicarle.
La miré fijamente.
—¿Estás segura?
Una pequeña sonrisa cansada apareció en mis labios, claro. Quería quedarse a solas con Kaeldris. Aquello tenía sentido.
—Está bien…
Mi voz salió casi como un susurro.
—Iré a descansar.
Maerys inclinó la cabeza y me acompañó hasta mi habitación.
No recuerdo exactamente cómo llegué a la cama, solo recuerdo dejar caer mi cuerpo sobre las sábanas.
Ciri seguía gruñendo dentro de mí, cada vez más inquieta.
—Lila, no te duermas algo está mal.
Quise responderle, pero mis párpados pesaban demasiado y entonces una presencia.
Se deslizó dentro de la habitación mi cuerpo respondió de inmediato.
Mi respiración se volvió irregular y poco a poco, sentí el colchón hundirse detrás de mí.
Un brazo rodeó mi cintura, mientras que aquella voz que tanto anhelaba susurró junto a mi oído.
—Ha pasado mucho tiempo, mi pequeña dragona. Mi dulce luna.







