Capítulo 18 POV Lila

El primer acercamiento íntimo con Cassiel no se pareció a nada de lo que mi mente, marcada por el miedo y por recuerdos que todavía eran capaces de arrancarme el aire en mitad de la noche, había imaginado una y otra vez cada vez que pensaba en lo que significaba entregarle mi cuerpo a alguien, porque donde antes había aprendido a asociar el contacto con dolor, con invasión, con esa sensación insoportable de no tener voz ni elección, Cassiel había hecho algo que nadie antes se había tomado la molestia de hacer por mí, algo tan simple y al mismo tiempo tan devastadoramente hermoso que por momentos me hacía preguntarme si aquello era real o simplemente otra fantasía nacida de mi desesperación… él esperó, hasta que yo estuve lista y lo hizo el tiempo que mi alma necesitó para dejar de temblar cada vez que él se acercaba demasiado, para entender que sus manos no estaban hechas para tomar, sino para sostener.

Y ahora, mientras mi espalda descansaba sobre la tierra humedad que comenzaban a impregnarse del calor de nuestros cuerpos, mientras la luz de la luna convertía sus facciones en algo peligrosamente hermoso y mis dedos se aferraban a su pecho intentando controlar una respiración que ya no me pertenecía del todo, comprendí que la verdadera amenaza que representaba Cassiel jamás había sido la fuerza de un Alfa, ni la intensidad salvaje que habitaba detrás de sus ojos negros, ni siquiera la forma en que su sola presencia conseguía alterar todo lo que existía a mi alrededor.

La verdadera amenaza…

Era su ternura para conmigo.

Porque un hombre capaz de destruir ejércitos, de hacer que criaturas mucho más antiguas que yo inclinaran la cabeza ante él, estaba arrodillado frente a mí sexo, con sus manos grandes, cálidas y firmes descansando sobre la parte interna de mis muslos con una quietud casi insoportable, como si incluso en aquel instante, cuando bastaba una orden para que cualquier cosa le perteneciera, él siguiera esperando que fuera yo quien decidiera abrirle la puerta.

—Mírame, Lila.

Su voz atravesó cada rincón de mi cuerpo con una lentitud que me obligó a contener el aire, y aun cuando mis labios temblaron y una parte de mí quiso esconderse, bajar la mirada o cubrirme como tantas veces había hecho cuando me sentía vulnerable, terminé obedeciendo porque había algo en la manera en que Cassiel pronunciaba cada palabra que hacía imposible negarle nada.

Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí que mi pecho se cerraba.

No por miedo.

Sino por algo mucho más peligroso.

Por deseo.

Por esa necesidad tan intensa y tan profundamente erótica de sentirme observada… deseada… adorada.

—Si en cualquier momento quieres que me detenga… solo dilo.

La forma en que lo dijo, con esa calma que parecía envolverlo todo, con esa seguridad que no exigía nada y aun así hacía que quisiera entregárselo todo, provocó que algo dentro de mí se rompiera con una suavidad casi dolorosa.

Porque nadie antes me había dado una salida.

Nadie antes que él me había recordado que podía elegir.

—No quiero que te detengas… —confesé finalmente.

Vi cómo algo oscuro y posesivo brillaba en sus ojos.

Pero no era solo hambre.

No era solo necesidad.

Era adoración para conmigo.

Cassiel inclinó apenas la cabeza, y aquella sonrisa apenas perceptible, cargada de orgullo masculino y ternura animal, hizo que un estremecimiento recorriera cada centímetro de mi piel.

—Buena chica… —murmuró con una gravedad capaz de hacerme perder la razón.

Y entonces descendió su boca hasta la entrada de mi centro.

El simple roce de sus labios sobre la piel sensible de mi piel fue suficiente para que mi espalda se tensara sobre el suelo para que mis piernas reaccionaran por puro instinto y para que un calor desconocido comenzara a extenderse lentamente por todo mi cuerpo, creciendo con cada beso deliberadamente lento, con cada pausa calculada, con cada segundo en el que Cassiel parecía más concentrado en escuchar mi respiración quebrarse que en cualquier otra cosa.

—Relájate… —murmuró contra mi piel, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera—. Déjame cuidarte.

Mis dedos terminaron enredándose entre su cabello sin que siquiera fuera consciente de cuándo había comenzado a buscarlo, y cuando su lengua encontró el lugar exacto en donde se encontraba mi clítoris, mi cuerpo comenzó a tensarse de una forma que hasta un jadeo completamente involuntario escapó de mis labios, uno tan femenino, que sentí cómo mis mejillas ardían.

—Cassiel…

Su nombre escapó de mi boca como una súplica.

Como una oración.

Como una rendición.

Y cuanto más me entregaba, cuanto más permitía que mi cuerpo dejara de luchar contra lo que sentía, más comprendía algo que jamás creí posible.

No estaba cediendo.

No estaba siendo tomada.

Estaba siendo elegida.

Adorada.

Descubierta.

—Eso es… —su voz volvió a encontrarme, más grave, más rota, más necesitada de lo que jamás la había escuchado—. Así… mírame y siente.

Mi espalda se arqueó sin que pudiera evitarlo una vez más.

Mis piernas comenzaron a temblar.

Mi respiración se fragmentó hasta convertirse en gemidos incapaces de contener todo lo que estaba sintiendo, mientras una presión deliciosa, insoportable, casi cruel, seguía creciendo dentro de mí, apoderándose de cada pensamiento, de cada músculo, de cada latido.

—No puedo… —susurré con la voz rota.

Sus ojos volvieron a encontrar los míos.

Intensos.

Protectores.

Hambrientos.

—Sí puedes, pequeña dragona, mi hermosa Luna… yo te sostengo.

Confíe y me deje llevar.

El no mentía porque tan pronto lo hice aquella tensión que se acumuló en mi sexo, terminó por romperse en una oleada tan intensa que hizo que mi cuerpo entero temblara entre sus labios que bebían mis jugos como un festín.

Mi respiración se fragmentó sin que pudiera evitarlo y mi mente se quedó completamente en blanco mientras pronunciaba su nombre sin siquiera reconocer mi propia voz, Cassiel me sostuvo durante todo el proceso con la misma devoción con la que un hombre sostiene aquello que considera sagrado.

Y cuando finalmente pude volver a respirar, cuando mis ojos húmedos volvieron a encontrar los suyos, él apoyó la frente contra la mía, acarició mi mejilla con una ternura que terminó de destruir lo poco que quedaba de mis defensas… y sonrió.

—Ahora entiendes… —susurró con la voz firme mientras la Luna era la única testigo de aquel momento— por qué fui capaz de esperar una eternidad por ti.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP