Capítulo 24. La tormenta
ELENA
—¡Lycan, suéltame! —grité, señalando con el brazo tembloroso—. ¡Ahí está! ¡Es Adriana!
Lycan giró la cabeza y miró hacia el bosque.
Su ropa estaba sucia, el pelo revuelto, y su rostro me rompió el corazón. Lycan me soltó al instante y yo salí corriendo.
—¡Adriana! —grité, con la voz rota.
Corrí hasta llegar a ella y cuando la tuve frente a mí, el miedo me invadió. Sus ojos estaban abiertos, pero no me miraban y su cuerpo temblaba.
La abracé fuerte, como si pudiera protegerla de todo.