Capítulo 10. El contrato
ELENA
—Si papá, has escuchado bien. Ya no soy virgen. Anoche me escapé, fui a un bar y me acosté con el primer hombre que vi.
Los nudillos de mi padre se habían vuelto blancos. Sus dedos estaban rígidos como garras, apretaban el vaso de cristal con tanta fuerza que no parecía humana. Lo observé desde mi sitio, sin moverme. Gabriel, sentado a mi lado, miraba a Gregorio y luego a mí con el rostro tenso, los labios apretados en una línea delgada.
Y entonces, el vaso estalló en mil pedazos. El zum