Me despierto en el ático de Dominic con el sol colándose por las cortinas y el calor de su cuerpo todavía pegado al mío. Su brazo está alrededor de mi cintura, y por un segundo, todo es perfecto: el olor de su piel, el sonido de su respiración lenta, la calma que siento cuando estoy con él. Pero entonces, mi teléfono vibra en la mesilla, rompiendo el momento. Lo alcanzo, todavía medio dormida, y veo un mensaje de Lena: “Oye, hay un camión de mudanzas aquí. Puede que siga borracha de anoche pero juraría que los escucho en tu piso”
Me siento de golpe, haciendo que Dominic gruña y se remueva a mi lado.
—¿Qué pasa, preciosa? —murmura, mientras intenta tirar de mí para que vuelva a la cama.
—Lena dice que hay un camión de mudanzas en mi edificio. —Lo miro con los ojos muy abiertos—. ¿Qué has hecho?
Él se incorpora, apoyándose en un codo, y me mira con esa sonrisa suya, mitad arrogante, mitad juguetona, que me pone de los nervios y me derrite al mismo tiempo.
—Te dije que la casa está lis