36

Nos vamos al día siguiente por la tarde, y lo primero que hago cuando me siento en el avión es cerrar los ojos. Siento que no he dormido nada, y todavía parece que tengo las piernas abiertas de las horas que pasó Dominic entre ellas.

Intento concentrarme en el zumbido suave del avión, en el cuero frío del asiento bajo mis dedos, pero es inútil. Dominic está sentado a mi lado, y su presencia es como un imán que no me deja descansar.

—Estás muy callada —dice. Abro los ojos y lo encuentro mirándome, con sus dedos tatuados envolviendo un vaso de whisky y su otra mano apretándome el muslo.

—Es que alguien no me dejó dormir anoche —respondo, intentando sonar molesta, pero la sonrisa que se me escapa me delata.

El avión despega, y durante el vuelo, Dominic no para de tocarme. No es nada explícito, no delante de Andrew y Calvin, que están sentados al otro lado del pasillo, pero sus dedos no se apartan de mí. Me acaricia el brazo, me aparta un mechón de pelo de la cara, me roza la nuca con una
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