Nos vamos al día siguiente por la tarde, y lo primero que hago cuando me siento en el avión es cerrar los ojos. Siento que no he dormido nada, y todavía parece que tengo las piernas abiertas de las horas que pasó Dominic entre ellas.
Intento concentrarme en el zumbido suave del avión, en el cuero frío del asiento bajo mis dedos, pero es inútil. Dominic está sentado a mi lado, y su presencia es como un imán que no me deja descansar.
—Estás muy callada —dice. Abro los ojos y lo encuentro mirándom