Cuando llegamos al lugar de la nueva sucursal, un edificio moderno con paredes de cristal que brillan bajo el sol, Dominic se transforma en el hombre de negocios que todos temen y respetan. El edificio está construído pero faltan arreglos. Habla con los contratistas, revisa planos con una precisión que me impresiona, y yo me mantengo a su lado, tomando notas y organizando reuniones con los proveedores locales.
Su presencia llena cada rincón, y aunque estoy acostumbrada a verlo en modo jefe, hay algo en la forma en que se mueve hoy, que me hace apretar las piernas más despistada de lo que debería. Supongo que por eso me choco con alguien.
—Mierda… Perdón, lo siento —balbuceo, retrocediendo un paso tras tropezar con un chico joven que carga una caja de herramientas. Es alto, con el pelo castaño despeinado y una sonrisa fácil que se amplía al verme.
—No pasa nada, tranquila —dice, con un tono amigable—. ¿Estás bien?
Miro hacia abajo, asegurándome de que mi libreta y mi móvil no se han ca