Me despierto por la claridad que entra a través de los ventanales. Tengo la cabeza apoyada en el hombro bueno de Dominic, y sé que, bajo la manta que nos eché encima, nuestras piernas están entrelazadas. Siento el calor de su piel pegada a la mía, ya no queda ni rastro del frío que desprendía anoche, lo que hace que me hunda más en él.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, noto que su mano descansa en mi culo, acariciándome con un movimiento lento, casi perezoso, que me hace darme cuenta de que está despierto. Arrastro la mejilla por su pecho desnudo, lo justo para mirarlo y darme cuenta de que él ya me mira a mí.
—Buenos días, preciosa —tiene la voz ronca por el sueño, y debe ser lo más sexy que he oído jamás.
—Hola —murmuro. Intento moverme, pero sus piernas enredadas con las mías me mantienen en el sitio, y la verdad es que no quiero ir a ninguna parte—. ¿Cómo estás?
Deslizo mi mano con descaro por su abdomen para llegar a tocar cerca de las gasas que se mantienen blancas.
—Podría ser pe