—Compórtate —me susurra, inclinado sobre mí, con sus labios a milímetros de mi oreja.
—Sé hacer mi trabajo.
—Esto no es trabajo, preciosa.
Frunzo el ceño y sólo lo entiendo cuando abre la puerta. La sala no es tan grande. Dos hombres están sentados alrededor de la mesa redonda, y mis ojos se fijan de inmediato en uno de ellos. Es el tipo del piercing en la ceja, el mismo que me arrinconó en la empresa hace semanas, al que Dominic apuntó con una pistola. El otro, sentado en el centro, es un homb