Dominic me ha dado las llaves nuevas de mi piso por el tema de la cerradura. Estar aquí después de todo el día de ayer se siente raro, sobre todo porque huele a limpio como no olía antes, y las flores de Dylan que dejé sobre la mesita no están, ni el vaso roto, ni Bobby.
Mientras pongo a cargar el móvil pienso en hacer carteles, aunque mi única foto decente del gato sea con gorros navideños del año pasado. Me estoy descalzando cuando llaman al timbre y me arrastro a la puerta. Son Lena y Gema, ¡con Bobby en brazos!
—¡Bobby! —grito, y el gato salta de sus brazos a los míos, su pelaje gris cálido contra mi pecho. Lo abrazo con tanta fuerza que maulla en protesta, pero no me importa.
—¡Te hemos estado llamando toda la mañana! —exclama la primera pelirroja.
—Nos lo hemos encontrado lloriqueando en el portal hace unas horas. Ugh. —Las dos se cuelan en mi casa directas a la cocina—. ¿A qué huele aquí? Te ha dado por limpiar a tope, ¿eh?
Me encojo de hombros, no quiero entrar en detalles. N