Edgar Nolasco
Permanecí largo tiempo de pie frente al inmenso ventanal de vidrio de mi despacho, sintiendo todo el peso de mis errores sobre los hombros. El jardín, impecablemente cuidado, se extendía ante mí, pero mi mirada estaba distante, fija en ningún lugar. No veía nada más que los recuerdos confusos que giraban sin descanso en mi mente.
Me sentí sacudido por haber revelado la verdad de aquella manera. Mi confesión fue arrancada por la provocación de Gustavo, que insistía en instigar a Alexandre de forma innecesaria. El temperamento intempestivo y siempre difícil de dominar de mi hijo me hizo confesar la verdad como un grito contenido durante años.
Desde el primer instante en que mis ojos se posaron sobre Jaqueline, una inquietud se apoderó de mí. Las semejanzas con Helen eran imposibles de ignorar. Al principio creí que era solo una impresión, pero bastó aquel almuerzo en mi casa para que no quedaran dudas. Con cada sonrisa, cada gesto, cada palabra, era como si el tiempo hubie