Otávio Ribeiro
Entré en casa al final de la tarde y dejé mi abrigo sobre el sofá de la sala. Caminé despacio, atraído por la voz suave de mi esposa, que cantaba mientras cuidaba sus flores en el jardín lateral de la casa. Helen llevaba un vestido sencillo, azul claro. El sol de la tarde realzaba los rizos sueltos de su cabello, que aún le daban un aire juvenil. Con manos delicadas, podaba algunas hojas y acomodaba los nuevos brotes. Me quedé inmóvil, sin prisa por anunciar mi presencia. Solo quería observarla en silencio, como hago tantas veces.
Incluso después de tantos años, Helen sigue siendo hermosa. No solo por su apariencia, sino por su carácter y su forma de ser. Construimos una familia y una vida feliz juntos. En los últimos días, Helen ha estado más callada y preocupada, lo que me ha generado inquietud. No sé si es por el pasado o por la nostalgia de nuestra hija.
Mientras la observaba, los recuerdos regresaron con fuerza. Recordé a la joven sonriente y soñadora que conocí al