Seguí caminando entre los invitados intentando no parecer tan perdida como realmente me sentía.
El salón era amplio, elegante y excesivo en todos los sentidos. Las lámparas enormes colgaban del techo como racimos de cristal, la música llenaba el ambiente con una suavidad calculada y los meseros iban de un lado a otro con bandejas llenas de copas, bocadillos y sonrisas educadas. Había demasiada gente. Demasiadas miradas. Demasiados murmullos escondidos detrás de abanicos, vasos de whisky y labio