Al amanecer del lunes, el aire en los Altos de Jalisco era limpio y frío. Raúl se encontraba en la oficina de su distribuidora agropecuaria, un edificio de concreto y cristal templado ubicado en la entrada del pueblo, desde donde controlaba las básculas, el despacho de camiones y las cuentas del consorcio. Vestía un traje gris Oxford, impecable y de corte sastre, sin corbata. Su tableta personal mostraba el reporte en tiempo real de los embarques que ya cruzaban la frontera norte rumbo a Texas.