El martes amaneció con una niebla espesa que bajaba desde las colinas de los Altos, cubriendo las filas de agave con un manto denso y húmedo. A las siete de la mañana, las dos camionetas blindadas esperaban frente al porche de la casa grande con los motores encendidos. Gervasio ajustaba los espejos del vehículo principal mientras dos elementos de la escolta revisaban el perímetro del garaje con paso rápido.
Raúl bajó los escalones de madera sujetando el maletín de piel en una mano y la mano peq