68

La mañana siguiente amaneció extrañamente tranquila.

Demasiado tranquila para todo lo que había pasado la noche anterior.

Estaba sentada al borde de la cama viendo a Julián caminar de un lado a otro por la habitación mientras guardaba ropa dentro de una maleta negra. La luz grisácea del amanecer apenas entraba por las cortinas y el sonido del cierre metálico rompiéndose en el silencio me hacía sentir un vacío raro en el pecho.

Todavía podía sentir su cuerpo.

Sus manos.

La forma en que me besó c
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