La mañana siguiente amaneció extrañamente tranquila.
Demasiado tranquila para todo lo que había pasado la noche anterior.
Estaba sentada al borde de la cama viendo a Julián caminar de un lado a otro por la habitación mientras guardaba ropa dentro de una maleta negra. La luz grisácea del amanecer apenas entraba por las cortinas y el sonido del cierre metálico rompiéndose en el silencio me hacía sentir un vacío raro en el pecho.
Todavía podía sentir su cuerpo.
Sus manos.
La forma en que me besó c