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Entramos a la casa en un silencio que cortaba. Julián dejó la escopeta sobre la mesa del comedor con un ruido metálico que me hizo vibrar los dientes. Sin decir una palabra, caminé directo a la cocina. Mis manos temblaban tanto que choqué la copa contra la meseta de granito. Me serví lo que quedaba de la botella, necesitando que el alcohol terminara de calmarme el pulso.

Tenía miedo. Conocía el carácter de Julián y sabía que era un hombre posesivo. Me aterraba que creyera las mentiras de Ricard
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