El silencio en la habitación era tan espeso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón, acelerados por la humillación. Julián se metió al baño y escuché el sonido del agua golpeando los azulejos. Me quedé inmóvil, mirando la pared, sintiendo que la piedra en mi pecho se hacía cada vez más grande. Unos minutos después, el agua se detuvo. Julián salió, trayendo consigo el aroma del jabón mezclado con el rastro de alcohol que el agua no había logrado borrar por completo.
Sentí el colchón