Me desperté en medio de la madrugada con una sensación de calor abrasador que me recorría la columna. La habitación estaba sumergida en una penumbra azulada, apenas iluminada por la luna que lograba colarse entre las pesadas cortinas de terciopelo. Antes de que pudiera recuperar el aliento o entender dónde estaba, sentí el cuerpo de Julián pegado al mío. No era un roce accidental; estaba despierto, y su deseo era una presencia física, dura y urgente, presionando contra mis nalgas.
Sus manos, gr