Raúl se quedó mirando la puerta de madera que daba al patio, donde Emma jugaba en silencio. El zumbido en sus oídos finalmente cesó, reemplazado por un peso muerto en el estómago. El orgullo norteño, la arrogancia del hacendado rico que todo lo podía comprar y la cobardía del hombre que siempre huía de las ataduras se desmoronaron en ese instante.
Regresó la mirada a Daniela. Ella seguía temblando ligeramente, con los brazos cruzados como si intentara sostener los pedazos de sí misma. Raúl dio