—¡Auch! Suéltame, Adrián.
Me sujetaba tan fuerte por mi cabello, mi vista se nubló por las lágrimas.
Adrián me miraba como a un objeto que le pertenecía. Me obligó a mirarle el rostro.
Lo que más me molestaba era ser vista como un trozo de carne que puede sacudir a su antojo.
—Arya, por tu culpa, perdí mucho. Vendrás conmigo.
Tomé impulso y le golpeé con el codo, corrí pero me alcanzó.
Sus dedos se enredaron en mi pelo con una furia que me hizo soltar un grito ahogado.
—¡Suéltame, Adrián! ¡