—Señorita, el doctor Galindo no tiene espacio en su agenda hoy, si desea le programo una cita para mañana. —La recepcionista siguió en lo suyo.
No me moví de allí, me costó mucho pero al final ella accedió a anotarme al final de la lista de pacientes.
La sala de espera del Dr. Galindo no era diferente a los demás consultorios, con la diferencia que era muy lujosa.
Me senté en una esquina, oculta tras una revista de farándula que no estaba leyendo, viendo cómo el número de pacientes disminuía.