—Señorita Altamirano, la va a matar, sueltala. —El vigilante la tomó por los brazos.
—¡Zorra oportunista! —gritaba ella, mientras el mundo se me ponía borroso—. ¡No vas a quedarte con nada!
El personal de seguridad y mi secretaria tuvieron que aplicar la fuerza para arrancármela de encima.
Ella forcejeaba, despeinada, con los ojos rojos, mientras la arrastraban hacia los ascensores.
—¡Están todos despedidos! —aullaba Tamara, señalando a los guardias. — ¡Muertos de hambre! ¡Les juro que mañana