Gael.
Mi hija mayor temblaba de indignación, apuntándome con el dedo acusador mientras sus lágrimas no paraban de brotar.
A su lado, Anna, la madre de mi hijo Maximiliano, ella me clavaba una mirada cargada de asco.
En el centro de la sala, fría como una reina, Arya la mujer que acababa de pisar mi dignidad. Me observaba saboreando el veneno de haberme revelado que el cuerpo que yo tanto codiciaba no me pertenecía.
El aire me faltaba. La náusea y el horror me arañaban la garganta. Pero antes de