Gael.
La mejilla me ardía, no comprendía esa reacción. Aún no asimilaba el impacto de tenerla tan cerca y olvidé mi cordura.
No había espacio para razonar, solo para la urgencia animal que me había estado consumiendo desde aquella noche en París.
Estaba allí, atrapada entre mis manos, exhalando el mismo perfume maldito que me había desvelado durante días.
Sin darle tiempo estrellé mis labios contra los suyos. Fue un beso nacido de la furia, de preguntas sin respuesta y de una posesividad enf