Arya.
Permanecí inmóvil, sentada a la mesa sin probar un bocado. Sentía un nudo asfixiante en la garganta y el olor de la comida me revolvía el estómago.
A la cabecera estaba Gael Altamirano, mirándome como a una intrusa, a mi lado mi esposo, que cortaba su filete con una tranquilidad exasperante.
La criada puso una silla adaptada y colocó a mi pequeño al lado de Gael.
Mi esposo parecía ajeno a todo, su silencio me lo dijo todo: Pasara lo que pasara, él no movería un dedo para defenderme.
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