Ece despertó en una habitación elegante, con cortinas que dejaban filtrar la luz dorada de la tarde. Frunció el ceño levemente.
—¿Dónde carajos estoy? —musitó para sí misma, su voz cargada de confusión.
Se incorporó de la cama con cuidado y se miró en el espejo. Una herida en la cabeza le hacía doler la nuca, y su rostro reflejaba molestia y desconcierto. Sus dedos recorrieron la zona lastimada, mientras el dolor le recordaba que algo grave había ocurrido.
Caminó hacia la ventana y frunció el c