La mañana de la boda amaneció clara y serena, como si el cielo mismo hubiera decidido bendecir el día. Aslin se encontraba en una habitación luminosa de la mansión, rodeada de espejos, flores frescas y un murmullo constante de emoción. El aire olía a jazmín y lavanda, y la luz del sol se filtraba por los ventanales, bañando todo con un resplandor dorado.
—Respira, Aslin —le susurró Verónica, su amiga y dama de honor, mientras ajustaba los últimos detalles del vestido.
Aslin asintió, con una