Aslin se despertó con la sensación de que alguien la observaba.
Abrió los ojos y encontró a Carttal sentado en el borde de la cama, mirándola con el ceño fruncido. Sus dedos estaban enredados con los de ella, como si necesitara asegurarse de que aún estaba ahí.
—¿Qué pasa? —susurró con voz ronca.
—Quiero que me digas todo —respondió Carttal, con una intensidad contenida—. Desde el momento en que escapaste hasta que te encontré.
Aslin tragó saliva. Su garganta estaba seca, y su cuerpo aún