La noche estaba en calma, pero Carttal sabía que no duraría. El aire era denso, cargado de la electricidad de lo inevitable. Desde su posición en la colina, observó cómo los vehículos se detenían frente a la cabaña. Sombras emergieron, moviéndose con cautela. Sibil estaba allí. Y con él, el hombre misterioso.
Carttal ajustó su auricular.
—¿Todos en posición?
—Listos —respondió Ethan desde el otro extremo.
Kael, apostado en la ladera opuesta, confirmó:
—No saldrán de esta.
Carttal sonrió con fri