La noche había caído sobre la ciudad, envolviendo la mansión en un silencio denso y pesado. En el despacho, Carttal permanecía de pie junto a la ventana, observando las luces lejanas que titilaban como luciérnagas perdidas en la oscuridad. Pero su mente no estaba allí. No después de lo que había descubierto.
Detrás de él, el tic-tac del viejo reloj de pared marcaba el paso inexorable del tiempo, pero no ofrecía consuelo. Aslin estaba a salvo, dormía en la habitación contigua, pero el peligro aú