Apenas cruzaron la puerta del almacén, el frío del amanecer los envolvió como una bofetada helada. Aslin se aferraba a Carttal con las pocas fuerzas que le quedaban, su cuerpo temblando de agotamiento y miedo. Ethan seguía sujetando a Sibil, quien, a pesar de la herida en la muñeca, mantenía una sonrisa torcida en el rostro. Esa expresión le heló la sangre a Carttal; ella no tenía miedo, lo que significaba que aún guardaba un as bajo la manga.
—¿Estás bien? —susurró Carttal, bajando la vista ha