Apolo cayó de rodillas antes de que la jauría que lo rodeaba pudiera reaccionar. El frío de la humillación le recorrió la espalda; sus manos buscaban en el aire argumentos que no tenía. Con la voz quebrada por el pánico, tanteó una salida que no existía y soltó palabras que ayer jamás hubiera pronunciado: un pedido de clemencia, un perdón balbuceado hacia Liam.
—Liam… por favor —suplicó, la voz hecha trapo—. Yo… yo puedo arreglarlo. Sólo pídeme lo que quieras te lo doy todo.
Liam permaneció sen