Corría sin mirar atrás. El bosque se alzaba oscuro y enmarañado, ramas que me arañaban los brazos y raíces que parecían querer atraparme en cada zancada. El aire me quemaba los pulmones, pero no podía detenerme. No ahora. No cuando aún sentía detrás de mí el peso de su presencia, ese monstruo que parecía no cansarse nunca.
El corazón me golpeaba en el pecho, mis piernas temblaban, y aun así me obligué a correr más rápido. Más, más, más… Pero el crujido de las hojas a mi espalda me decía que seg