Cuando la pesada puerta de la biblioteca se cerró detrás de Lorenzo, el silencio pareció tragar todo a su alrededor. El sonido ahogado del cerrojo resonó como un golpe seco, y por un instante, Isabella se quedó allí, inmóvil, como si su cuerpo no hubiera podido seguir la rapidez con que todo sucedió.
El aire seguía impregnado de su perfume discreto. Madera oscura, cuero, y algo que era solo suyo. El hombre que la confundía, la tiraba y empujaba con la misma intensidad, que la tocaba como si la necesitara y huía como si fuera peligroso sentir.
Ella cerró los ojos e inhaló lentamente, tratando de calmar los acelerados latidos del pecho. Todavía podía sentir el toque de sus manos en su cintura, firme, protector... caliente. Todavía podía sentir su respiración tan cerca de su piel que parecía que el tiempo se había detenido por un segundo, solo un segundo, cuando ella se atrevió a creer que había algo allí. Algo más allá de la tensión. Algo real.
Pero no lo había. No de verdad.
Isabella s