El aroma del café recién pasado se extendía por los pasillos de la mansión Vellardi como una invitación silenciosa a un nuevo día. Pan asado, frutas cortadas con precisión casi quirúrgica, jugo de naranja exprimido a tiempo, flores frescas en un arreglo central que cambiaba todos los días, como si la rutina fuera un arte cuidadosamente ensayado.
Pero no había nada rutinario en ese ambiente. La mansión era hermosa, sí. Rica en detalles, sí. Pero también cargada de silencios. De ausencias. Y esa